Ho appeso lo zaino al chiodo, per tre mesi: l'ho fatto per salvarlo dall'umidità. Poi ieri l'ho tirato giù e ci ho cacciato dentro tutto quel che di mio c'era nella stanza. Questa mattina presto (alle dieci, si sa...) abbiamo preso il 37, meno timidamente che tre mesi fa, e ce ne siamo andati.
Abbiamo assaggiato Città del Guatemala, in un breve accenno di vita possibile. A un certo punto, penso io, non ha senso restare oltre, se non per restare davvero.
Aquí estan las canciónes que grabamos en el taller de rap. Esperopronto podereditar elvídeo conlas imágenes queha tomado Laura.
Gracias atodos los que participaron, aprendí muchode esta experiencia.
Sólo les digo una última cosa: como hicieron este CDen menos de unmes, ustedes pueden hacermuchas otras cosas.Sólo tienen que creer en sí mismos, enfrentar el miedo, luchar, siempre levantarse cuando se caen. Lo sé: hacerlo no es tan fácil como decirlo...
Hasta pronto y suerte,
Andre
Per gli amici italiani:
A dire la verità tutta intera, l'idea l'ha avuta Lambros, un volontario di Salerno più audace e più loquace di me. Un mesetto fa si chiacchierava a tavola con Duglas, un ragazzo amante della musica rap, ed è venuta fuori la proposta: perché non fare un laboratorio di rap? La cosa sembrava un po' fuori portata: io avevo davanti solo un mese di permanenza, non avevamo mezzi tecnici a disposizione e, Duglas a parte, non avevamo idea se la cosa potesse suscitare l'interesse dei ragazzi. L'idea sembrava folle, ma lo stesso io ho detto: ci sto.
Grazie alla sana sfacciataggine di Lambros il Comitato di gestione del Mojoca ci ha dato l'ok e tant'è che alla fine ci siamo trovati con 11 persone (più altri, diciamo, visitatori) e abbiamo tirato fuori qualcosa che ci sembra buono. Quasi nessuno di questi ragazzi aveva mai fatto musica, se non in strada, e nessuno aveva mai registrato niente. Ci siamo trovati alle prese con strofe e ritornelli, microfoni e basi mp3. Con il mio piccolo netbook e con l'impianto voce del Mojoca, dopo aver recuperato qualche adattatore, abbiamo registrato quello che i ragazzi avevano da dire. Chi più chi meno, ma comunque tutti nettamente al di sopra di Fabri Fibra.
No me digas no
Panda (Alberto)
Yao yao, esto es el Panda,
Representando Mojoca
Por los que están en la droga adicción.
Ahora solo quiero contarle por el mundo entero
Que Jesus Cristo siempre ha estado a mi lado.
Jamás me ha dejado, jamás me ha abandonado.
Porque el está conmigo para siempre,
mi querido hermano,
Ahora solo quiero contarle para el mundo
Que Jesús Cristo es el rey de todo.
Yo le canto a todos los drogadictos.
Estribillo...
No me digas no,
Lo voy a intentar.
No me digas no,
Soy soñador.
Todo lo que quiero yo es seguir,
Adelante
Robotin (Yefferson)
La calle se ha vuelto mi hogar
Pero es peligroso caminar
Yo mi vicio lo quiero dejar
Mi sueño es dejar la calle, solo,
Le pido mucho a Dios que cuide a mi mamá.
Yo juré que el amor no existía
En mi vida había solo rencor y tristeza.
Lo se que yo he actuado muy mal
Ahora la vida me quieren quitar.
Estribillo…
Sandy Papo (Sandy)
Gracias Señor, gracias padre,
Porque siempre has cuidado aquel niño abandonado.
Gracias señor te doy, por el alegría,
Por el aire por el sol que me das cada día.
Gracias señor por las nubes y las estrellas.
Siempre me has cuidado a pesar de mi marea.
Se que seré una buena hija cuando tu me toques el corazón.
Estribillo…
Lalo Cross (Hugo)
Tengo el conocimiento ya de la calle
Adaptándome a la vida cada día.
Esperando en Dios, ser mejor
Porque soy un soñador de la vida.
No me digas que tu no tienes un sueño
Por cumplir, por el cual luchar.
Lo único que quiero es seguir luchando
Por dejar el vicio y la calle.
Estribillo…
Nicky Jan (Duglas)
Yo siempre iba vagabundo por la calle
Y siempre llevo mi purito en la bolsa.
Yo quiero salir de este
Porque todos mis amigos me miran tirado
Me miran hueliendo me miran fumando.
Oye, esto no es bueno para mi
Porque yo quiero salir de donde estoy
Porque ya no quiero seguir en lo mismo
Como siempre.
Estribillo…
No dejo de soñar
Conejito (Mefi)
Tu sabes mi hermano que yo tengo un sueño
Y lo tengo en lo alto
En la cima yo me paro y a todos los raperos yo les canto
Y con la lucha que yo hago,
Si quieres, mi hermano, cantemos y rapemos
Y nuestros sueños logremos porque con este empiezo,
Empezando cantando y rapando,
Porque gracias al Mojoca yo mis sueños casi ya los he logrado.
Escucha, escucha,
Tu sabes, mi hermano, que día con día nosotros los jóvenes de la calle
Hacemos una lucha para alcanzar nuestros sueños
Y el mío es ser un rapero.
Estribillo (cyp-riot)
De noche despierto,
No dejo se soñar
Con el frio y la lluvia peleo,
Matar las pesadillas deseo
Y si hoy la calle me gana,
Lo sé no será así mañana.
Robotin (Yefferson)
De nuevo me levanto
Miro a mi mamá llorando
Le pregunto: “¿que te pasa?”
Y ella me dice: “hijo! Anoche me vinieron a decir
Que si tu no te entregabas nos iban a matar.”
Yo le dije: “No te preocupes!”
Y eso fue el pasado, que ahora se ha alejado.
Lo único que hay que hacer es pedir mucho a Dios
Que nos ayude en lo que hagamos.
Velorio (Byron)
Nuevamente, caminando en la calle
Ando vagabundo como siempre me pare
Con mi paso siempre adelante,
me siento con la droga que soy un gigante,
Mientras tanto me voy hundiendo en la droga
Y mi camino cada vez más en droga
Pero pienso en lo que quiero hacer
Y a veces me pido consejo en nadie.
Que hacer. Siento que las cosas siguen en mi mundo
Soy un vagabundo y con eso respundo.
Y con esto suspiro voy adelante,
Pero ya no voy con el paso de un gigante.
Siempre ando con el paso de un drogo
Que piensa que hacer con los mojón.
Estribillo
Andrei Away (Andre)
Ciudad de Guatemala, parada de mi viaje,
Déjame cargar tu sonrisa en mi equipaje.
Mañana el Mojoca dejaré
Y caminado por las calles donde sea recordaré
La Bolivar, colchones bajo un techo de metal,
y la Super, el Central, Concordia y Terminal,
Buena gente, ahogada en el solvente
Que no dejen de soñar en una esquina de sus mente.
Estribillo
Ayer no es como hoy
Yanky (Gilmar)
Tengo 3 anos de estar en la cárcel
Hace dos meses por fin yo salí’,
Pero ahora no tengo trabajo, solo le pido gracias a Dios.
Por las drogas perdí’ a mi familia, ellas no dan a nadie lo bueno,
Solo te llevan a la perdición hasta las garras de tu enemigo.
Querido Dios te pido perdón por lo malo y por mi pasado,
Hubo un día que yo extorsionaba, hubo un día que yo asaltaba.
Mucha gente quería matarme, gracias a Dios, tengo mi vida.
Los demás sigan mi consejo, de mi no se vayan lejos.
Estribillo (cyp-riot y Andrei Away)
Ayer no es como hoy me acuerdo lo que soy
Sin miedo y con mi risa por las calles voy.
Ayer no es como hoy con el Mojoca estoy
Sin miedo al futuro por las calles voy.
Los ojos abiertos yo tengo,
El corazón pulsante, mi cuerpo y sentimiento.
Los sueños sin techo al viento,
Deseo en movimiento, la luz en mí adentro.
Chaparra (Sonia)
Soy una raperita y estoy viviendo al Mojoca
Todos los días para poder seguir a rapear.
No me importa lo que diga la gente,
Porque yo voy a salir adelante.
A mi no me importa lo que digan porque
ellos nos critican porque somos de la calle,
Pero los de la calle sabemos vivir
compartir con nosotros mismos,
Porque sabemos que son las tristezas y los maltratos.
Unos a otros nos damos cariño y nos damos expresión.
A veces nos formamos como una familia.
Somos de la calle, somos buena onda.
No nos importa lo que diga la gente,
Porque’ nosotros saldremos adelante.
Estribillo…
El Conejito (Mefi)
Yo yo, el poeta callejero…
Caminando por el tanque siempre bien loco
Porque’ soy marihuanero y me vale poco.
Paso por mi cuadra, me sacan papelillo
Si yo le forjo el purillo.
Tu sabes mi hermano, que yo soy del tanquerillo
Y ahí que nos vivimos con fríos y a mis tíos
No les importa ni un poquito…
Por esto que yo forjo el purito.
Por esto mis compadres me rollan el purito
Y yo a ellos se lo forjo bien forjadito.
Y ahí es por esto que yo lucho,
Y sabes mi hermano, lucho para salir de las calles
Y para regresar con mi familia.
Estribillo
Generi (Toñito)
Quiero salir adelante, librarme de las drogas
De la marihuana , de todas sus esposas.
A que no me gustaría enseñarlo, porque se que esto es malo
Y que siempre esto nos va a ir mal nos va a ir mal.
Porque’ esto es una tragedia y le pasa a todo el mundo.
Mira tu cuerpo lleno de cicatrices queda.
Velorio (Byron)
Ayer deje’ de soñar, olvido mi pasado
Ahora es el presente que siempre a va mi lado.
Gracias a mi Cristo que el no me critica
El siempre siempre esta’ conmigo.
Tumbando mis enemigos porque’ el me ha enseñado
Que las cosas son de hoy, mis sueños están conmigo
Siempre a mi lado.
Por que el me ha enseñado que las metas son ahora
Y no las del pasado.
Estribillo…
Mario
Dale vuelta a 360, trago más de 7 kilos de cocaína
En mi mente y estoy demente
Y voy en la bicicleta bien loco y de repente
Me para la cura y me pregunta: “¿Y tus papeles?”
Y le digo: “no cargo”.
Y me dice “cárgate a la patrulla!” y le digo
“regálame una llamada para llamar a mi padre”
Y yo de la patulla llame’ a mi padre y ya lo tenia a lado mío y me dijo
“hijo mío, no te preocupes, voy a sacarte de la cárcel pase lo que pase”.
Yo he tenido unos compañeros que me decían:
“No vas a salir de aquí. Te vas a morir”,
Pero yo le dije:” Siempre voy a confiar en Dios porque’ se’ que Dios me ama”
Il Venerdì Santo la avenida Elena, due corsie per senso di marcia, è chiusa al traffico. Per lunghe ore, fin dal mattino, uomini e donne dalle mani esperte hanno lavorato sotto il sole, chinati sull'asfalto, per disegnare la alfombras, gli enormi tappeti fatti di segatura colorata, fiori o frutta, ricchi di composizioni e decorazioni a volte complesse e dalla precisione impressionante.
I lavori finiscono appena in tempo, si ritirano le assi di legno usate per tracciare le linee rette, le corde, i ponteggi alti venti centimetri usati per poter lavorare al centro dei tappeti senza calpestarli, i secchi con gli avanzi di segatura e tutto il resto. Ed è un po' come quando il carrozziere tira via lo scotch dai cristalli e dai fanali e rimane l'opera, intonsa e lucente. Ma tra non molto, questione di minuti, tutto sarà spazzato via dalla processione, che calpesterà le minuziose geometrie, e dagli addetti del Comune, che seguono il corteo armati di scope, palette e sacchi, mischiati alle ultime donne velate di nero. Per questa occasione non ci sarà bisogno di bagnare la superficie leggera delle alfombras per difenderla dal vento, perché già ci pensa la pioggia, che con l'avvento dell'estate guatemalteca si fa sempre più spesso viva.
La strada si riempie in fretta di spettatori vestiti di scuro e inizia l'attesa: donne anziane col seggiolino portato da casa si guadagnano la prima fila, venditori di dolci urlano i loro prezzi mostrando l'espositore a tracolla, i bambini si rincorrono e gli adulti discorrono. E là in mezzo ci siamo anche noi due musi bianchi, rispettivamente in braghette corte e con la felpa rossa dei Chicago Bulls.
Passano le andas, enormi tavole in legno massello simili a bare giganti, al di sopra delle quali si trovano delle statue che raffigurano le diverse fasi della Passione di Cristo, portate a spalla da uomini vestiti con tuniche viola o da donne vestite di nero. Queste ultime portano andas più piccole, generalmente dedicate a Maria. Ogni anda è guidata da un coreografo, diciamo così, che dà il segnale di fermarsi o ripartire, gestisce i cambi tra i portatori e dirige l'ondeggiare al ritmo della marcia funebre suonata dalla banda. Seguono ogni carro anche gli "addetti ai cavi", anche loro vestiti di viola, armati di lunghissimi bastoni le cui estremità somigliano a forche e con i quali sollevano i cavi dell'alta tensione, per evitare che la croce ci si impigli o che Gesù muoia fulminato prima del tempo.
La più grande delle andas ha le dimensioni di un trasporto eccezionale e per svoltare al semaforo dove siamo appostati noi ha bisogno di un paio di manovre. Affaticato e fiero sotto il suo peso troviamo anche Erick, che per poterci essere ha pagato quindici quetzales. Sopra la "sua" anda è raffigurata la scena in cui Cristo viene deposto dalla croce. Erick è concentrato sulla respirazione, guarda i propri passi e sopporta la fatica, mentre la pioggia gli squaglia il gel e glielo cola sulla faccia. E a me a vederlo viene in mente un ricordo della sua infanzia, che proprio pochi giorni fa mi ha raccontato.
All'età di otto anni se n'era da poco andato di casa, per via delle botte che prendeva dalla nonna, dal cugino e dalla stessa madre. Ma le sorelle maggiori, quando lo trovavano in giro per la città, lo riportavano a casa. E lì di nuovo erano botte e castighi crudeli, come l'obbligo di stare inginocchiato sul mais o cose del genere. Ma in una di queste occasioni sua nonna e sua mamma hanno pensato bene di "crocifiggerlo a una colonna, proprio come Gesù Cristo", legandolo da dietro con delle corde e lasciandolo lì così. Questo mi viene in mente a vederlo faticare là sotto quel legno pesantissimo, sotto il cristo liberato dai chiodi e, finalmente, tra le braccia di sua madre.
Oggi, giovedì 12 aprile 2012, è accaduto l'inevitabile. La nostra scorta di caffè Lavazza qualità rossa è finita.
Per paracadutare un aiuto, ecco le coordinate di casa nostra: +14° 38' 23.62", -90° 31' 18.40"
La 12 Calle A è una strada breve e di per sé tranquilla, una delle poche ad avere un inizio e una fine. Nel senso che nel reticolato di Città del Guatemala, fatto per lo più di strade parallele e perpendicolari che attraversano l'intera città, la 12A non è che una traversa della trafficata Avenida Helena, e va a sbattere dopo un centinaio di metri contro il muro dell'Università, per poi riprendere dall'altra parte, con il nome di 12B.
Il tale che non sappiamo come si chiama cura le auto e le lava, nel suo parcheggio privato a pochi metri da casa nostra. Incontrarlo è un rito. “Buenos dias”, gli diciamo noi. “Muy buenos dias”, risponde lui sospendendo qualsiasi attività e facendo un mezzo inchino con la testa. “Que le vaya bien” (che le vada bene), aggiunge poi, sempre sorridendo. Che sia seduto all'ombra sul gradino di casa, impegnato in una conversazione, o che stia intingendo nel secchio lo straccio da passare sulle portiere della carretta di turno, si ferma e fa la sua pantomima. E al ritorno uguale: “Muy buenas tardes, que le vaya bien”. Ma se passo io da solo, senza Laura, è molto meno ossequioso. “Buenas” dice, punto e stop, continuando a fare quel che stava facendo. A me sta anche meglio così, che sia chiaro, ma: dov'è il confine tra le formalità nelle relazioni di genere e la schizofrenia?
L'altro ieri lungo il marciapiede c'era più gente del solito, tutti sulla porta a parlare, a far finta di niente. Tutti concentrati su un evento, e noi non capivamo quale.
Più o meno a metà strada passiamo accanto ad un pick-up della polizia, con un paio di agenti appoggiati alla fiancata in attesa di qualcosa. Nello stesso momento da una porta escono altri due poliziotti. In mezzo a loro un ragazzo con meno di vent'anni. Ci passano davanti a pochi centimetri. Il ragazzo ha ai piedi una scarpa sola e le mani legate dietro la schiena con le stringhe dell'altra. Lo caricano sul cassone e se ne vanno via. La gente rientra, scambiando saluti e qualche ultimo commento.
Ci siamo presi due giorni di vacanza. Non da soli: con tutto il personale del Mojoca, alle sette di giovedì mattina, siamo saliti sull’ex scuolabus statunitense, modello “Blue bird”. Puntualmente, siamo partiti con due ore di ritardo, aspettando quelli che per varie ragioni erano rimasti con la testa incollata al cuscino. Destinazione Monterrico, sulla costa sud.
Ho già avuto modo di ripetere che Città del Guatemala è un luogo orrendo: una città corrotta e violenta, dove la bellezza è calpestata e umiliata. Una città di sbarre, fucili a pompa e vetri polarizzati. E poveracci, cani zoppi, gente disincantata che cammina guardandosi alle spalle. Poi è pur vero che c’è la Sesta Avenida, chiusa al traffico e splendente di vetrine, piena di artisti di strada e benessere occidentale; c’è la cattedrale, davanti al Parque Central, bianca e maestosa; c'è il grigio palazzo del Governo, con la sua enorme bandiera a sventolare. Come se il contraltare della miseria e della violenza sia poter, finalmente, accedere a quel vendere e comprare televisori al plasma, o rispecchiarsi nei marmi dell'opulenza della Nazione o della Chiesa.
E così prendo aria: via dalla città un’altra volta. Lungo la strada, fuori dai finestrini dello scuolabus, passano vulcani e montagne, fiumi e villaggi, agglomerati di negozi pitturati di blu per fare pubblicità alla compagnia telefonica Tigo e case col tetto di lamiera o di paglia. La giornata è di sole e promette bene; l'umore della brigata è fin troppo allegro e le casse Pioneer, ormai sfondate, diffondono reggaeton a tutto volume (questo non impedisce a qualche anima molesta di intimare all'autista di alzare un po').
Arrivati a destinazione ci avventuriamo (tutti e trenta, con la discrezione di un gregge di vacche dotate di campana) nel piccolo villaggio, che consiste in due file di case e negozi ai due lati dell'unica strada. C'è poi un piccolo cimitero di tombe malandate, pitturate di rosa, verde o azzurro, pieno di bottiglie vuote e altri rifiuti. Prendiamo posto in un ristorante verso l'una. Alle tre (i tempi tecnici vanno sempre rispettati) arriva il mio pesce fritto: enorme, squisito. Non ne è rimasto che un occhio e qualche lisca.
Il finlandese padrone dell'hotel ha gli occhi color del ghiaccio e un portamento da SS, a dispetto della camicia hawaiiana aperta che lascia in bella mostra il pelo brizzolato. Mi chiedo per quali vie sia arrivato da così lontano a scegliersi questa vita, a mettere in piedi questo suo “Atelier del Mar”, con due piscine e a dieci passi dalla spiaggia, dove la sera puoi sdraiarti sull'amaca, sotto le palme, e ascoltare i tonfi brutali dell'Oceano.
L'Oceano, appunto. Lo chiamano Pacifico, ma è meglio non dargli troppa confidenza. Meglio spiaggiarsi tipo orca e lasciarsi frullare un po’ ad un metro dalla riva, senza perdere il contatto con la sabbia del fondo. Sabbia più scura e più grossa della nostra sabbia romagnola, ma non meno piacevole sulla pelle. Poi si può sempre trovarsi un posto appartato nella spiaggia immensa e starsene lì a seccare, a guardare il mare. Quando s'alza l'onda, dentro ci si può vedere una superficie satinata con venature che vanno dal verde metallizzato FIAT al rosso delle foglie d'autunno, dal giallo degli occhi dei gatti al blu, quello sì, del mare.
Nel piccolo ufficio dell'équipe di strada, sempre in disordine nonostante la pulizia giornaliera che oggi per altro è toccata a me, c'è troppa gente per trovare un posto a sedere. Mi appoggio ad un mobiletto accanto alla porta d'entrata, spostando indietro col sedere il telefono tenuto insieme con lo scotch, le cartacce, le felpe e i bicchieri appiccicosi di caffè.
Oggi è giovedì, e come ogni giovedì mattina alcuni dei ragazzi con cui abbiamo lavorato in strada sono stati invitati in sede a conoscere le attività del Movimento. La mattinata è finita e, come da prassi, ci si riunisce per parlare con quelli che, dopo aver assistito alla presentazione, sono interessati a partecipare. Si chiede loro a quale meta vogliono arrivare e in che modo hanno intenzione di partecipare, se cerchino solo un appoggio temporaneo per poi tornare in strada, o se siano seriamente interessati ad intraprendere un percorso attraverso le quattro tappe del Mojoca: la partecipazione alle attività di strada, la scuola e i laboratori, l'inserimanto nelle case alloggio e infine il reinserimento nella società.
Oggi abbiamo davanti Hugo, che molto schiettamente dice che a lui interesserebbe solo un aiuto legale per conseguire un documento d'identità, visto che non ce l'ha. Sta seduto a capotavola. Intorno, almeno tre gironi di persone: quelli seduti al tavolo, quelli in piedi alle loro spalle e quelli che, come me, cono abbarbicati sui vari mobili lungo le pareti della stanza.
Hugo non sa di preciso quando è nato, dice di avere più o meno quindici anni. Suo padre, di cui non conosce il cognome, non l'ha mai conosciuto, e a quanto ne sa lui è morto da molto tempo. In poche parole, nemmeno lui saprebbe dire di preciso il suo nome completo. Wendy, la nostra coordinatrice, gli fa altre domande per cercare di capire qualcosa di più, e mentre lui risponde intorno si crea una confusione sempre maggiore: battute, risate, scherni. Io e Laura restiamo allibiti. Io penso che, se fossimo in Italia, tutto questo avverrebbe in una stanza pulita e fin troppo ordinata, forse con un paio di disegni infantili alle pareti per stemperarne l'austerità. Di questo colloquio si occuperebbero persone presumibilmente ben preparate, le quali userebbero tutto il tatto necessario nel porre certe domande, parlando magari con un tono accogliente, comprensivo.
Invece qui l'umore è alto. Lo stesso Hugo ride quando racconta che un paio d'anni fa, a scuola, ha fatto amicizia con una compagna che poi ha scoperto essere sua sorella da parte di madre (anche lei mai conosciuta). A sentire questo i ragazzi dell'équipe esplodono, quasi battono i piedi a terra dal ridere, lo sfottono. E lui, bonariamente, li manda a fare in culo. La coordinatrice si copre la faccia con le mani come a dire: "Certo che sei un caso disperato, tu!"
Solo noi siamo in imbarazzo, ma a parte noi due non c'è nulla di stonato in tutto questo. Non c'è nulla di crudele, se non quel che ormai è stato.
Ride Helmer, che quando aveva nove anni sua madre gli ha dato uno zainetto con dentro le sue cose e gli ha detto: "Ormai sei grandicello, puoi farti la tua vita". E tutto perché il piccolo non aveva voluto accettare, su di sè e sulla propria madre, le violenze e i maltrattamenti del patrigno.
Ride Diana, cresciuta fino agli otto anni con un padre alcolista e violento e con la sua matrigna. Entrambi le hanno sempre detto che la sua vera madre era morta. Alla fine l'ha conosciuta, sua madre, all'età di diciotto anni, da dietro le sbarre di un istituto correzionale.
Anche Carlos ride. Cresciuto con la nonna fino ai quattro anni, prima di finire in strada, visto che la madre non lo ha mai voluto con sé.
E ride Mirna, cresciuta fino ai dieci anni con la nonna, la quale l'aveva sottratta ai genitori tossicodipendenti raccontandole che erano morti. All'età di dieci anni Mirna ha scoperto che quella che credeva essere sua zia (Carramba!) era in realtà sua madre ed è andata a vivere con lei. Ma per poco, visto che con i suoi veri genitori ha trovato botte e maltrattamenti e che la nonna, ormai offesa, non la rivoleva con sè.
Tutti loro ridono, e nel farlo forse condividono qualcosa. Intanto Hugo ci saluta. La coordinatrice ha preso appunti e ne parlerà con l'incaricata dell'Ufficio Giuridico per vedere cosa si può fare.
Il Mojoca è un movimento di giovani di strada autogestito, seppur con l'aiuto di una parte (minoritaria) di persone esterne. Questo significa una complessa organizzazione fatta di organi decisionali a diversi livelli, un manuale di funzionamento annualmente e democraticamente rivisto, elezioni e continui dibattiti. In parole più povere, significa che i ragazzi e le ragazze di strada, nel partecipare al movimento, decidono per sé stessi se e come aiutarsi a vicenda.
Il senso (l'utopia?) del movimento è aprire possibilità affinché i giovani che abitano la strada possano auto organizzarsi, studiare, imparare un mestiere e divenire parte attiva della società. E cambiarla, alla fine, la società. Nella pratica, il manuale di funzionamento attuale prevede borse di studio, una scuola interna, delle case alloggio, dei laboratori di cucina, pasticceria, falegnameria e sartoria. Sono previsti anche sostegni a distanza per i figli delle ragazze di strada che vogliano intraprendere uno dei percorsi del movimento, gruppi di attività per persone già “uscite” dalla strada e un gruppo per i loro figli, chiamato “Generazione del cambio”. Le regole, decise dai ragazzi stessi, prevedono che si lascino le droghe e la criminalità e che si rispettino i principi base del movimento. E, soprattutto, è richiesto di partecipare come si può, di dare il proprio contributo umano e intellettuale. Il denaro necessario per tutto questo proviene da ONG e fondazioni europee, da iniziative di autofinanziamento e dalle così dette “reti di amicizia” italiana e belga.
L'équipe di strada, quella in cui lavoriamo noi, è composta da una coordinatrice e da due operatori, che in passato hanno vissuto in strada, da un maestro esterno e dai coordinatori di zona, che vivono in strada tutt'ora. Lavoriamo in quattro zone di Città del Guatemala, scelte sulla base del fatto che sono abitate da gruppi di ragazzi di strada, e per ogni zona c'è un coordinatore: uno di loro viene eletto dai compagni affinché li rappresenti nel movimento.
Queste persone, i coordinatori, fanno parte dell'équipe e, in un certo senso, ne sono il nucleo. Sono, nella loro fragilità, il punto di forza. Sono l'anello di congiunzione con la strada, la sua voce più autentica, la chiave di accesso alle persone che vi abitano. Ai coordinatori, come a tutti coloro che partecipano al movimento, viene chiesto di lasciare le droghe e di smettere i comportamenti criminali. Si chiede loro di essere d'esempio per i compagni, secondo i principi democratici e solidali del movimento. Ricevono, per il loro lavoro, una piccola “borsa di studio” con la quale comprare cibo e vestiti. Partecipano, eventualmente, al Comitato di gestione o ad altri organi decisionali.
Detto così forse tutto sembra facile, ma non è.
Qualche giorno fa camminavamo attraverso il mercato della Terminal, una delle nostre quattro zone. Io seguivo Hector, il coordinatore di quella zona. Non lo perdevo di vista un attimo, mentre mi facevo largo tra la frutta e le grida e i DVD pirata, tra i pesantissimi carretti che passavano veloci aprendo le folla in due e gli sguardi che si appiccicavano addosso alla mia faccia da gringo e ai miei occhi stranieri.
Seguivo la schiena di Hector e mi chiedevo che cosa avesse a che fare lui, così sicuro e perspicace, con quegli altri, quelli che si alzano a fatica dal loro letto di cemento, con la mano chiusa a pugno sullo straccio imbevuto di solvente. Dove sono in lui i segni della strada, mentre lo seguo come fanno i bambini, mentre mi sento al sicuro? Ci penso e ci ripenso, mentre guardo la sua faccia pulita e i suoi vestiti freschi di bucato.
Decine e decine di autobus sono parcheggiati a lisca di pesce davanti all'edificio in muratura della Terminal, la stazione degli autobus al di là del mercato. Alcuni dei ragazzi di questa zona dormono sul tetto di questo edificio e per raggiungerli dobbiamo arrampicarci e camminare su uno degli autobus. La parte centrale del tetto, più alta, sporge per circa un metro sulla parte laterale, creando una sorta di tettoia sotto la quale si può stare solo sdraiati e che, quando piove o fa freddo, è un luogo ideale per passare la notte. Hector tira un calcio ad una scarpa destra, che va a finire nei resti ancora fumanti di un barbecue: avanzi di pollo recuperati chissà dove messi a cuocere su una manciata di rifiuti bruciacchiati. Poi scosta una coperta, che costituisce la terza parete del giaciglio. Scuote il suo compagno, avvolto nella coperta, gli dice qualcosa a voce alta, scandendo bene le parole: conosce bene la difficoltà, la lentezza provocata dal solvente. Quello si alza dal materasso, barcolla un po' infastidito dalla luce. Alla fine fa un gran sorriso e ci saluta tutti. Allo stesso modo svegliamo gli altri e poi giù attraverso il tetto e la scaletta di un altro autobus, perché quello di prima se n'è andato.
Quindi è qui che dormi, Hector? È qui che tornerai alla cinque, finita la tua giornata di lavoro? Oppure all'incrocio, vicino alla vostra “Tour Eiffel”?
punto di forza fragilità anello di congiunzione voce autentica autogestione lasciare le droghe vestiti puliti occhi che si chiudono comitato di gestione risate battute solvente spazzatura cappellino da rapper dove sono i segni della strada?
Se cammini dietro a Hector e lo osservi bene ti accorgi che, mentre ti parla e ti fa ridere con uno dei suoi giochi di parole, le sue dita si infilano automaticamente e distrattamente a cercare monete dimenticate nei telefoni pubblici.
Quando entri nell'ufficio dell'équipe, la mattina, manca sempre qualcuno. Allora guarda sotto al tavolo e lo troverai dormendo, recuperando il poco sonno della strada. La sveglia ha suonato alle sei, per arrivare a farsi il bucato alle sette, la colazione alle otto e il lavoro alle nove. E ogni marciapiede, ogni sedile di autobus, ogni colonna è buona per recuperare un minuto di sonno.
Entrando al Tanke, al Bolivar, i ragazzi si alzano dai loro materassi e pescano da alcuni sacchetti, a terra, pezzi di tortillas, manciate di riso, avanzi di pollo. Ne offrono ai loro compagni, ai nostri coordinatori. Anche qui siamo diversi, Hector: ne offrono anche a me ma io rispondo che non ho fame, mentre a te brillano gli occhi.
Oggi sei qui con me, Hector. Mi guidi in giro per la città, mi presenti gente, mi togli di torno i rompipalle. Ma certi giorni il tuo sguardo è diverso e allora è evidente che cammini su un confine sottile, che ti porti un peso enorme e che dubiti di potercela fare. Quei giorni capisco che la strada, con tutto quello che significa per te, ti chiama e ti strattona e quasi ti inghiotte un'altra volta. E d'altra parte quanta gente mi hai presentato, in strada, dicendomi: “Guarda, lei era coordinatrice”, “Lui era nella Casa de los amigos”, “Quello lì era nel Comitato di gestione”. Quanti funamboli prima di te sono caduti e risaliti e caduti di nuovo? Mi dico che forse hanno solo scelto, liberamente, di tornare in strada. Ma i loro sguardi e le loro parole si riempiono di malinconia quando si parla di quel che è stato, e le bocche chiamano a sé il solvente, treno deragliante che porta all'oblio.
La pensione della signora Ernestina è una casa uguale alle altre, nella 12 calle A. Non ci sono insegne, cartelli, prezzi, né nomi sul campanello. Ancora mi è oscuro come funzioni il giro di affari: come ci ha detto la stessa Ernestina, una signora dai lunghi capelli grigi e dal volto più giovane e più bello di quello che la vecchiaia di solito concede, qui c'è “solo gente fidata”. Noi ci siamo arrivati su consiglio delle ragazze del Mojoca, che hanno contrattato per noi il prezzo per telefono, prima di accompagnarci e presentarci alla proprietaria.
Oltre ai tre inquilini fissi (Mario, il tuttofare tarchiato e massiccio che russa come un Diesel da rottamare e non ci lascia dormire; i due studenti, quello alto e quello ciccione che somiglia - che è uguale - all'orso Yogi). Oltre a questi tre, dicevo, per questa casa passa parecchia gente. C'è chi ha alloggiato qui per un giorno, o una settimana: una donna bionda e americana, chiassosa soprattutto nelle prime ore del mattino e madre di due bambine, una bianca e una nera, entrambe perfettamente bilingue; una trentina di studenti canadesi in gita scolastica, che si sono fermati due notti in attesa di trasferirsi per una settimana in una comunità Maya (mica li mandano a Mantova a fare il giro con la motonave, loro...); poi famiglie, ragazzi di passaggio e una vecchia centenaria, più sorda che orba, che in questo momento sta girando in corridoio col deambulatore.
Una sera della scorsa settimana, nello spazio della cucina tra il lavandino e il microonde, abbiamo conosciuto Diego. Stavamo seduti a tavola, Laura e io, sfiniti dopo una lunga giornata di incontri e dialoghi in lingua straniera. E nonostante ciò lo abbiamo ascoltato per più di un'ora.
Circa un anno fa, al villaggio dove Diego vive, un ragazzino camminava per strada, vestito alla moda di certi cantanti visti in televisione: pantaloni dal cavallo bassissimo, cresta e qualche altra diavoleria che ora non ricordo. Fa parte delle stagioni della vita, insomma: a una certa età ti vesti da deficiente; poi, di solito, smetti. Fa parte di quell'età anche lo sguardo probabilmente di sfida (ma forse solo non abbastanza remissivo) che il nostro ragazzino ha incrociato con un ex patrullero (con questa parola Diego si riferisce a un membro di un gruppo armato formato da civili e appoggiato dall'esercito al tempo del conflitto interno). Mi immagino che sia andata più o meno come con i tamarri delle nostre periferie milanesi: uno decide che l'altro l'ha guardato male, e da lì comincia la storia. Solo che qui abbiamo un uomo armato e influente, amico di senatori, poliziotti e militari. Dall'altra parte abbiamo un ragazzino imberbe, per giunta vestito da deficiente.
L'uomo ordina alle sue guardie del corpo di catturare il giovane e di condurlo all'edificio che durante il conflitto interno veniva usato come carcere. Dopo avergli tagliato i capelli, gli danno un sacco di botte: l'accusa, inventata lì per lì, è di essere membro di una mara, una banda giovanile dedita alla violenza e alla devianza. La madre del ragazzo, avvisata di quanto stava avvenendo, va a cercare il figlio: anche a lei toccano botte e sevizie. Infine il padre, un poliziotto che in quel momento si trovava al lavoro, venuto a conoscenza dell'accaduto va a reclamare dall'ex patrullero. Mentre gli uomini parlano, parte un colpo accidentale, probabilmente autoinferto, che ferisce a una gamba una delle guardie del corpo. All'ex patrullero questo sembra un pretesto perfetto: decide che a sparare è stato il padre del ragazzo. Così lo torturano e lo picchiano per ore, prima di portarlo sulla pubblica piazza e dargli fuoco davanti alla gente.
Questi sono i metodi che si usavano al tempo del conflitto interno, in quei primi anni ottanta che per il nostro uomo non sembrano essere finiti. Ora come allora, grazie alle sue amicizie, si sente intoccabile. La gente lo teme e, in un certo modo non proprio spontaneo, lo rispetta.
Diego ci parla in piedi, appoggiato al lavandino. Tiene in mano un piatto di minestra che ha già scaldato due volte e che, immerso nel racconto, ha dimenticato di mangiare. Continuo a chiedermi perché ci stia raccontando tutta questa storia. Perché questa e non altre. Io gli ho solo chiesto da dove viene e che cosa ci fa in questa città orrenda, niente più.
Quel giorno, in piazza, Diego ha filmato il rogo con il cellulare, e questo c'entra qualcosa con il fatto che oggi si trovi qui: con quel filmino in mano, ha trovato il coraggio di denunciare l'ex patrullero, che ora si trova in carcere. Ma i suoi uomini e i suoi sostenitori sono liberi e già una volta hanno procurato a Diego un soggiorno gratuito di una settimana all'ospedale. Per questo è costretto a stare lontano da casa per un po' e a lavorare a trecento chilometri di distanza.
Il suo lavoro lui lo chiama di “salute mentale” e consiste nel guidare gruppi di auto-sostegno per i sopravvissuti al conflitto interno e per le molte donne vittime di violenze sessuali e non (ai tempi del conflitto, quando gli uomini salivano sulle montagne per unirsi alla guerriglia, le loro donne rimaste nei villaggi erano considerate a disposizione dei desideri peggiori degli uomini dell'esercito e dei patrulleros). Anche se Diego non lo dice apertamente, si capisce che parla della sua gente, dei popoli indigeni, dal 1492 in poi vittime elette degli eventi.
Poi ci racconta altre vicende della comunità Maya a cui appartiene, nel villaggio di Cotzal. Di storie ne conosce tante perché ci tiene a conservare la memoria, che ritiene essere uno strumento di libertà: per questo continuamente interroga gli anziani, chiedendo loro di ricordare e raccontare.
Alla fine di uno dei suoi racconti, con la minestra di nuovo fredda tra le mani, sorride e ci chiede che intenzioni abbiamo: se rientreremo a casa entro l'anno o meno. Gli spiego che, siccome c'è gente che va in giro dicendo che nel 2012 finisce il mondo, preferiamo non avere piani precisi.
In questa città distrarsi non si può, mai. Ostacoli e pericoli di ogni genere sono parte di una normalità a cui un italiano medio come me, magari un po' buffo con il suo cappello da pescatore in testa, non è abituato. La cosa è divertente, porta con sé un gusto esotico. Fino a un certo punto.
Ogni mattina usciamo di casa come i nostri carabinieri escono dalla caserma a fine turno: lasciamo una specie di fortezza con filo spinato arrotolato intorno ad ogni possibile accesso, dal livello della strada fino al tetto. Camminiamo lungo marciapiedi disseminati di cacche di cane (ma va be') e tombini aperti. E quando dico tombini aperti intendo proprio dire che a terra ci sono dei buchi profondissimi di varie dimensioni: a volte ti ci sta solo la gamba, altre ci potresti entrare tutto intero. Qui la gente è abituata: chiacchiera, gesticola. E' pensierosa a volte, proprio come noi. Ma loro hanno un sensore infilato nei piedi e collegato al cervello, noi no. Anche noi chiacchieriamo, per carità. Solo che i nostri discorsi sono invasi da parole estranee, sempre le stesse due: "Buco!", "Merda!"
E così arriviamo a destinazione, costeggiando i tantissimi negozi della zona. Qui l'esperienza dell'acquisto in un negozio è fatta di sbarre ed oscurità: alzata la serranda c'è l'inferriata, e quella non si apre mai e per nessuna ragione. Le donne impastano le tortillas, i tecnici smontano i televisori, il farmacista cerca nei suoi scaffali... ma sempre al buio della propria prigione quasi sempre senza finestre. Ci sono poi i negozi più grandi, di vestiti o di scarpe o di elettrodomestici. Quelli somigliano più ai nostri: entri, giri, c'è luce. Solo che c'è una guardia armata ogni due corsie, ogni tre lavatrici.
La presenza di persone armate in uniforme è grande e tutt'altro che rassicurante: la polizia federale, i cui uomini girano seduti sui cassoni dei pick-up, armati fino ai denti come i talebani; le guardie giurate fuori da ogni negozio che se lo possa permettere, sugli autobus, nelle portinerie; i paramilitari che, come per la polizia, chissà se ti puoi fidare. (Si sa, non ti puoi fidare.)
Dalla sede del Mojoca, ogni mattina prendiamo un bus diretto alla zona nella quale lavoreremo, ogni giorno diversa. I bus, ragazzi! Iniziamo col dire che se non sai fischiare sei fottuto, dato che quello è il segnale che si usa per prenotare la fermata. Magari dal fondo del bus, quando tra te e quel pazzo alla guida ci sono cento persone, un venditore che vende e un predicatore che predica. Inutile dire che io non so fischiare. In alternativa ho visto gente percuotere la lamiera del tetto con vigorose manate, ma ancora non mi sento pronto per una cosa del genere: è già buono, per il momento, riuscire a scampare al predicatore e al venditore. O a non cadere giù, visto che si viaggia a porte aperte.
Quando si tratta di scendere devi essere veloce: non sempre l'autista si ferma (e se sei bianco è più probabile che voglia farsi due risate mettendoti in difficoltà): a volte rallenta solo e tu devi scavalcare tutti e saltare giù senza ammazzarti. Anche qui come in Messico ci sono gli scarti automobilistici degli Stati Uniti. I chicken bus sono per la maggior parte vecchi scuolabus, troppo vecchi o troppo rotti: qui ricominciano una nuova vita.
Oggi al Tanke è passato un tipo con una sospensione per camion appoggiata alla spalla, a mo' di mazza da baseball. Noi avevamo già finito le attività e i ragazzi si godevano il loro meritato pranzo seduti sul marciapiede. Il tale, alito alcolico e camicia vinaccia a quadri, è venuto proprio da me e Laura, non saprei dire perchè: forse gli sembravamo i meno collusi con quella marmaglia, o i più ingenui della situazione. Ci ha detto che qualche giorno prima i ragazzi lo hanno picchiato e derubato. Ci mostra il naso rotto e ci fa sapere che quel ferro l'ha portato per fargliela vedere. Gli dico solo che non mi sembra il caso, ma lui continua il suo discorso carico di irrevocabile odio. Intorno nessuno dei nostri sembra accorgersi di lui, nessuno interviene o si interessa. Non so se è vero quello che l'uomo racconta, ma è certamente possibile. Quello che è certo è che ci saranno altre botte, da una parte o dall'altra.